Echados de nuestros hogares hacia las calles

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Soy un periodista de 27 años, vivo y trabajo en el vecindario de Crown Heights, Brooklyn. Por lo general, los periodistas no nos identificamos con organizaciones ni con movimientos. Estamos supuestos a esforzarnos por ser objetivos y basar nuestras investigaciones en todas las perspectivas posibles, para así mostrar toda la historia. No queremos que nuestro trabajo sea saboteado por cualquier afiliación. No queremos abogar por nada — ese trabajo se lo dejamos a los que trabajan en relaciones públicas. Para nosotros, las afiliaciones son el Lado Oscuro.

Sin embargo, declaro que estoy en solidaridad con el movimiento de Occupy Wall Street.

El 28 de septiembre fui al pueblo de Brussels, en Wisconsin. Es el típico pueblo pequeño del centro-oeste de los Estados Unidos, con una población de algunos cientos de personas, una estación de gasolina, algunas iglesias y demasiados bares. Es allí donde viven mi madre y mi padrastro. Fui a Brussles para ayudarlos a mudarse de su casa.

Bueno, técnicamente ya no es su casa. El nuevo propietario es Freddie Mac, que junto a Bank of America echó a mi madre y a mi padrastro de su hogar.

Esa casa ha estado en la posesión de la familia de mi padrastro por más de 100 años. Él y mi madre la remodelaron hace 10 años. Mi madre había asegurado que hubiera suficientes habitaciones para cuando yo y mis hermanas regresáramos con sus nietos para mimarlos… pero eso ya no tendrá lugar en esa casa.

Es difícil para mí aceptar esto. No creo que lo haga completamente hasta que haya terminado de vaciar las habitaciones y mover las cajas.
Es duro, y no siento que sea lo correcto. ¿No es verdad que Bank of America recibió $100 mil millones en paquetes de rescate financiero? ¿No recibieron además una devolución de impuestos de $1,9 mil millones, junto a los $4,4 mil millones en ganancias para 2010? ¿Cómo pudo ser rescatado este banco por el gobierno tras hacer incontables préstamos de alto riesgo, y además obtener aseguranzas de instituciones apoyadas por el gobierno como Freddie Mac, cuando los que recibieron esos préstamos debieron resignarse al impago?

Me mudé a Nueva York en enero de 2010 y obtuve un internado en Thomson Reuters pese a la crisis financiera. Originalmente era una posición no pagada, pero los convencí para que me paguen por hora. También se suponía que trabajara sólo 20 horas a la semana, pero logré que la posición se convirtiera en una de tiempo completo. Luego, ese mismo verano, se convirtió en una posición asalariada. Estaba extático.

Pero no me sentía satisfecho con el trabajo. Primero, no era realmente periodismo. Escribía un boletín para uso interno. Si no eras un empleado de Thomson Reuters ni un programador en un banco, te garantizo que nunca has leído mi trabajo. Segundo, no sentía que estaba haciendo un buen trabajo. El boletín era para la red global de acciones financieras de la compañía — un sistema complejo que enviaba informaciones desde bolsas financieras en todo el mundo a bancos y millonarios y corredores.

Nuestros clientes eran de entre las personas más poderosas del mundo.

Reconfortar a los afligidos. Afligir a los acomodados. Son ésas las cosas que debe hacer un periodista. ¿Pero yo? Yo estaba reconfortando a los acomodados.

El trabajo del economista Edward Wolff demuestra que para 2007, el 1% más rico de los hogares estadounidenses poseían el 34,6% de toda la riqueza privada de los Estados Unidos. Dentro de este segmento acomodado, la riqueza de nuevo se concentra enormemente entre el 0,1%. La gran mayoría de los hogares en este segmento está constituida por personas en las industrias financieras y bancarias.

Esto me molestaba… y mucho. Mi trabajo violaba de muchos de mis principios, y esto afectaba mi bienestar. Me deprimí. Comía menos. Mi ciclo de sueño se volvió errático. Tomaba el doble.

Finalmente, en agosto de este año, renuncié. Desde ese entonces, he trabajado por cuenta propia. No tengo dinero, pero ha sido una experiencia formidable.

Había trabajado con la frontera de Arizona, y también con asuntos de inmigración en México. Aquí en Nueva York, me fui por el lado de los asuntos policiales. Nunca pensé en escribir sobre finanzas o políticas nacionales. Nunca había querido escribir sobre la crisis financiera del país.

Pero después Freddie Mac y Bank of America echaron a mi madre de su casa.

Así que aquí estoy. Comprometido con el diálogo. Con el movimiento. Con lo que algunos de los jóvenes estacionados en Liberty Plaza llaman La Revolución.

Ya mis amigos me han dicho que estoy loco. Que Occupy Wall Street no es más que algunos niños sucios y desempleados que no tienen ni idea de qué lo que están batallando, que sólo tocan tambores y gritan a los policías. Pero eso no es lo que yo he visto.

El movimiento sabe bien lo que está batallando. Batalla en contra de la distribución de riqueza increíblemente desigual de nuestro país mientras que 46 millones de estadounidenses viven en la pobreza — y esto según normas federales que dicen que una madre y sus dos hijos no son pobres si ganan $19.000 al año. Batalla en contra de la realidad de que Wall Street y el Capitolio son esencialmente lo mismo. Batalla en contra de la desintegración de la clase media. Batalla en contra de la avaricia.

Puedo decirles que es un movimiento nuevo. La estructura aún no se ha definido como quisiéramos. Las exigencias aún no se han establecido claramente.

Pero la Ocupación tan sólo ha llegado a su segunda semana, y ha ganado más respaldo de lo que cualquiera se imaginaría. En esa pequeña plaza sigue creciendo la cantidad de los presentes. Hay camas improvisadas en el lado oeste, letreros de protestas en el lado norte, y en el lado este, alguien ha organizado una biblioteca.

La gente alrededor del mundo está empezando a hacernos caso. Las personas con buenas intenciones que no pueden venir a ocupar la plaza por sí mismos han enviado comida, provisiones y donaciones. Hay doctores trabajando en la estación médica, y abogados aconsejando a los detenidos. Oficiales elegidos, músicos y otras figuras públicas se han unido a la Ocupación. Las cosas están en movimiento.

Si vives en Nueva York y aún no has pasado por Liberty Plaza, hazlo. Es asombroso. La emoción. La empatía. La fortaleza absoluta de estas personas. Estar entre ellos casi me conmueve hasta las lágrimas. Están allí porque muchos de nosotros seguimos luchando. Están allí porque hay muchas personas buenas afligidas por tragedias. Están allí por mi madre.

Y esta semana, cuando regrese a Nueva York, yo también estaré allí.


Por David Kempa

Traducido por Heilyn Paulino

Este artículo también está disponible en: Turco

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