Lazos comunes: no estamos solos

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Nos encontramos en un momento curioso en este extraordinario movimiento. ¿Ha habido alguna vez un movimiento tan amplio que no haya hecho exigencias todavía? Sin embargo al mismo tiempo, Occupy Wall Street ha conseguido algo que a otros movimientos les ha tomado años. Ha cristalizado un sentimiento de indignación y ha dejado claro que decenas de millones de personas comparten esta indignación.

Al pensar en otros momentos en mi vida, de repente me queda sumamente claro que millones de personas se han sentido de la misma manera. Uno de estos momentos fue a finales de los sesenta, cuando multitudes salieron a las calles, una y otra vez, en oposición a la guerra estadounidense contra Vietnam. Tardaron años en detener esa guerra y se derramó una cantidad espantosa de sangre vietnamita. Pero algo cambió después de que empezaran las manifestaciones. Todos los que habíamos prometido no luchar jamás contra Vietnam miramos de arriba a abajo las largas filas de compañeros manifestantes y supimos que no estábamos solos.

No imagines, sin embargo, que un verdadero cambio tendrá lugar aquí tan rápido. Estamos frente a un sistema con raíces profundas y una desigualdad cada vez mayor, que es como un muro de Berlín para el poder corporativo. Creo que nuestro progreso, nuestro modelo de derrotas y adelantos, será mayor que cualquier otro movimiento.

Atrasa el reloj por unos 220 años. Hasta finales de los 1700, la mayoría de la gente en Inglaterra aceptaba la esclavitud sin pensarlo, al igual que los estadounidenses hoy día han aceptado la autoridad de las grandes corporaciones. Los barcos ingleses dominaban el intercambio de esclavos en el Atlántico, y en ciertas ocasiones cosecharon más de los fondos de cobertura: un único viaje del “Hawke” de Liverpool en 1780 logró ganancias de 147%. Medio millón de esclavos trabajaban 12 horas al día en las lucrativas plantaciones azucareras de las Indias Occidentales Británicas. Las ganancias de su labor construyeron mansiones para muchos en los barrios más exclusivos de Londres, y fincas en el campo cuya grandeza compite con cualquier lugar en los Hamptons hoy día. El magnate jamaicano de la industria azucarera, William Beckford, pudo darse el lujo de contratar a Mozart para que le diera clases de piano a su hijo.

Aun así, esta fue una época cuando las revoluciones francesa y americana presentaron al mundo ideas sobre la igualdad humana. Cuando un movimiento en contra de la esclavitud se organizó ingeniosamente en Londres en 1787, rápidamente encontró partidarios. Como casi siempre pasa, las bases superaron a las sedes, y, sin organización alguna salvo unos panfletos que sugerían la idea, y para 1792 por lo menos 400.000 personas en las Islas Británicas se negaron a comer azúcar cultivada por esclavos. Fue el boicot de consumo más grande que había presenciado el mundo — y uno de esos momentos en el cual la gente que se preocupaba por algo profundamente miró a su alrededor y vio que no estaban solos.

Los plantadores de azúcar y sus cabilderos se sorprendieron tanto como Wall Street cuando la gente empezó a llegar a la Plaza de la Libertad en septiembre. Fulminaron, editaron panfletos contradiscursivos, insistieron en que la abolición de la esclavitud dejaría sin trabajo a miles de ingleses. Y por un tiempo triunfaron, pero al final los activistas en contra de la esclavitud ganaron. Descubrieron la fuerza de sus números mediante el boicot del azúcar, grandes campañas de peticiones y, años más tarde, en reuniones masivas. En 1807 triunfaron al abolir el mercado británico de esclavos. Estimulados por las noticias del movimiento, una serie de revueltas cada vez más grandes estallaron en las Indias Occidentales Británicas y en 1838 se abolió la esclavitud en el imperio británico, un cuarto de siglo antes de que tuviese lugar en los Estados Unidos.

Al combatir un poder atrincherado de un tipo distinto — un sistema con ganancias obscenas para el 1%, y el sufrimiento y un descenso acentuado para la mayoría restante — en este proceso, pienso que estamos a la altura de 1792. Tenemos una larga distancia que recorrer, pero sabemos que no estamos solos.


Por Adam Hochschild

Traducido por Sara Gozalo
Editado por Mariné Pérez

Este artículo también está disponible en: Inglés

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