Un amor supremo


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Un profundo despertar democrático

Nosotros, el pueblo del movimiento global de la Ocupación, encarnamos y fomentamos un profundo despertar democrático de felicidad genuina y determinación férrea. Nuestro movimiento — acéfalo pero repleto de liderazgo — es una expresión intensa contra el atropello moral que la avaricia corporativa ha empujado en nuestra sociedad y que ha llevado al mundo al borde de una catástrofe. Estamos conscientes de que nuestras acciones han impulsado una iluminación radical en un momento de desconfianza y disgusto indudables con las economías oligárquicas, los políticos corruptos, las leyes arbitrarias y las armas de distracción masiva de los medios de comunicación corporativos. Pretendemos sostener nuestro impulso al cultivar nuestros enlaces de confianza mutua, fortificar nuestros cuerpos, mentes y corazones, y mantenernos unidos contra viento y marea para crear un mejor mundo mediante una profunda revolución democrática.

Nos rehusamos a ser mero eco de las viles mentiras que sirven de soporte a un statu quo ilegítimo. Nuestro profundo despertar democrático toma forma en la voz individual y colectiva de gente común como nosotros expresando las verdades dolorosas sobre la miseria social innecesaria producida por sistemas y estructuras injustas. En los últimos treinta años, esta guerra de clases ha sido unilateral: desde arriba hacia abajo, en contra de una valiosa clase trabajadora pobre, con la más grande transferencia de riqueza (de abajo hacia arriba) en toda la historia de la humanidad. Esto nos han enseñado que, o luchamos juntos en nombre de la verdad y la justicia o perdemos nuestros medios de subsistencia y nuestro honor. En este sentido, el movimiento ya es victorioso: nuestra forma de organización y movilización ha hecho dar un giro a los discursos públicos hacia la verdad y la justicia, hacia un enfoque en la codicia de las corporaciones, la desigualdad en la distribución de la riqueza, el aumento de la pobreza, los niveles obscenos del desempleo, el rol que juega el gran capital en la política, y el abusivo poder militar y policial.  No obstante, aún tenemos mucho trabajo por delante.

La bancarrota total del orden neoliberal – de mercados desregulados, oligarquías impunes, políticos sobornados – ya es un hecho demostrado de la vida y de la historia. Su fin está cerca. Nuestra profunda ilustración democrática debe liberarnos de nuestros estrechos marcos intelectuales y de nuestros parroquiales hábitos culturales. Así como los creadores del jazz, nosotros debemos ser de mente abierta, flexibles, líquidos, inclusivos, transparentes, valientes, autocríticos, compasivos y visionarios. Debemos refundir las antiguas nociones de imperio, clase, raza, género, religión, orientación sexual y naturaleza en nuevas formas de ser y pensar. Nuestro movimiento es una preciosa, sublime, enredada y un tanto desentonada forma de incubación. Como el jazz, debemos incorporar y poner en práctica el amor al arte de nuestras creaciones colectivas. Debemos encarnar en un abrazo universal a la familia humana y seres viviente con capacidad de sufrir, y con éste consolidar una fortaleza imparable ante los sistemas de opresión y las estructuras de dominación. Sufriremos, estremeceremos y lucharemos juntos con sonrisas en nuestros rostros y un amor supremo en nuestras almas. Así como la justicia es la expresión pública del amor y la ternura es el sentimiento privado del amor, una profunda revolución democrática será entonces la expresión práctica de la justicia.

La revolución puede asustar a algunas personas debido a sus connotaciones de violencia. Esto es entendible a la luz de revoluciones pasadas, como la revolución de los Estados Unidos contra la monarquía inglesa en 1776 o contra la esclavitud en 1861. En cambio, la revolución en nuestros tiempos, contra la oligarquía y la plutocracia, no necesita ser ni desagradable ni violenta. El fértil legado de Martin Luther King, Jr., y de Nelson Mandela, así como las recientes revoluciones en Túnez y Egipto, nos han enseñado que podemos lidiar con nuestras catástrofes sociales con compasión social, y que podemos transformar las sociedades injustas con ideas valientes  y estrategias no violentas. Si nos equipamos a nosotros mismos con verdaderos análisis sistémicos de poder en nuestras mentes, sólidos compromisos morales en nuestras espaldas y una genuina alegría en servir a los demás en nuestros corazones, entonces nuestros sueños de una justicia nueva que se extienda a través del mundo podría no ser mera ilusión.

Somos prisioneros de una esperanza manchada de sangre y empapada de lágrimas.  Esto significa que somos libres de imaginar y crear un mundo más profundamente democrático del que hayamos sido testigos en la historia.

Traducido por Teresa Elías, Mariano Muñoz y Mariné Pérez
Editado por Patricia González

Este artículo también está disponible en: Inglés, Portugués, Brasil


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